No deja de ser singular el modo o la forma con que en
cada cofradía sus hermanos visten para acompañar en su estación penitencial a
sus veneradas imágenes, y que después se traduce en esos cortejos armónicos y
disciplinados que vemos pasar ante nuestros ojos, en su peregrinar hasta
nuestro primer templo, a través de las calles de la ciudad imponiendo la
impronta seria y elocuente de una fe, que a través de siglos de historia,
recibimos de nuestros mayores.
Tradicionalmente el penitente de siempre, sabemos que
para desarrollar públicamente su penitencia, cubría su cuerpo desnudo de áspero
sayal largo, cubriéndose con un capuz y dejando al aire libre el torso, donde,
con unas erizadas disciplinas, se golpeaba provocando una serie de heridas que
más tarde habían de ser curadas con un burdo medio curativo compuesto de agua,
sal y vinagre.
Esos hombres que visten una tosca hopa y cubren su
rostro y cabeza con un simple capuz, imitan a los portadores de difuntos en los
entierros y sólo quieren indicar con su pobre y desaliñado aspecto que nada
vale la gloria del mundo que les rodea.
Aquí tenemos el punto de arranque entre
los siglos XIV al XVII del hoy hábito nazareno, que más tarde emplea un tejido
áspero también embreado o engomado llamado ruan, ya en el siglo XIX, y le
añaden al hábito nazareno una amplia cola, que en principio en el acto
penitencial llevan arrastrando y actualmente recogida, mediante la cual el
penitente simboliza ir arrastrando en esa cola sus culpas y pecados, impregnado
de inmundicias de las calles que atraviesa (todo un símbolo de sus propias
culpas y pecados).
Más hay aún otra segunda parte en el simbolismo de
esta cola, y es que el nazareno que al morir pide ser amortajado con su túnica,
implora a los que lo amortajen, dejen al depositarlo en el féretro, la cola a
los pies y que con ella antes de cerrar el ataúd lo tapen de los pies a la
cabeza ya que muere para el mundo y es borrado del mundo de los vivos.
El hábito que normalmente visten los Nazarenos, aún
teniendo su normal evolución, si nos fijamos no son tantos los cambios
suscitados
Pues, en la actualidad, vemos que las
cofradías de penitencia rigurosa siguen empleando en sus hábitos el ruan o la
estameña, telas ásperas o molestas nada agradables que pueden ser de diversos
tonos de colores, aún cuando el más común sea el negro, sin embargo vemos que
también se emplea el marrón o el morado incluso pródigamente, y es pues que
queda bien patente que en estas túnicas actuales en su gran mayoría esta bien
presente el espíritu fundacional. A esta túnica cabe el añadir sobre la natural
molestia el cinturón amplio de esparto que termina aproximando aún más la
túnica actual a las pretéritas.
Otra variedad es la túnica sin cola y usando un tejido
algo más suave como la lanilla o lienzo de hábito monacal del medievo, que a
veces tiene la particularidad de ser de dos colores al llevar un escapulario.
Cabe pues ver la influencia que en éste tipo de túnica
tienen las ordenes monásticas donde se instituyó la cofradía, y así vemos
algunas que nos recuerdan a los monjes de la españolísima orden jerónima, o la
blanca con escapulario marrón de clara visión carmelitana, etc.
Entre los detalles finales de la evolución del hábito
nazareno, surge la túnica de capa mucho más moderna y usada con tejidos más
livianos, generalmente el algodón o la lanilla.
Complemento de la túnica es el capuz,
también llamado capirote, que lleva un soporte interior, denominado macho, que
mantiene su rigidez, que en su parte delantera o trasera puede ser como
escapulario o como esclavina.
Quedando por último la señal de
identificación de la Hermandad, luciendo el escudo que normalmente puede ir en
la capa o en el delantero que antes decíamos del capirote
Jose Sanchez Duran / cofrade


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